El Salvador Misionero
Publicado en El Salvador Misionero (http://www.elsalvadormisionero.org)

Inicio > Versión para imprimir

Misión Continental

MISIÓN CONTINENTAL

EL SALVADOR

“Discípulos y Misioneros de Cristo” 

Exhortación Pastoral de los Obispos de El Salvador

UNA IGLESIA EN MISION PERMANENTE

Exhortación Pastoral

 

Muy queridos hermanos y hermanas:

Cada año contemplamos el rostro de Jesucristo en el misterio de su transfiguración.  El Divino Salvador, que da nombre a nuestra querida nación, es el Hijo de Dios hecho hombre, el siervo sufriente que murió por nosotros en la cruz y que resucitó para nuestra salvación. A la luz de este misterio tan entrañable contemplamos también a la comunidad salvadoreña, sintiéndonos solidarios con sus angustias y esperanzas, con sus tristezas y alegrías.

En el marco de las fiestas agostinas del presente año, los obispos de El Salvador les saludamos en el nombre del Señor Jesús: que su paz y su amor reinen en el corazón de cada uno y de cada una de ustedes.

En esta solemne ocasión deseamos unirnos a toda la Iglesia que vive y celebra su fe en los distintos países de América Latina y el Caribe, porque el domingo 17 del mes en curso se inaugurará la Misión Continental, según el compromiso asumido por el episcopado latinoamericano en Aparecida, Brasil.

En ese insigne santuario mariano los pastores del continente reunidos en Conferencia General, expresaron así su esperanza:

Será un nuevo Pentecostés que nos impulse a ir, de manera especial, en búsqueda de los católicos alejados y de los que poco o nada conocen a Jesucristo, para que formemos con alegría la comunidad de amor de nuestro Padre Dios. Misión que debe llegar a todos, ser permanente y profunda (Mensaje Final, 5).

1. “He venido para que tengan vida”

Como sabemos, la Quinta Conferencia General del episcopado latinoamericano y caribeño examinó el tema: Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos, en él, tengan vida.

Con un corazón rebosante de gratitud escuchamos una vez más las palabras de Jesús: He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10, 10). La Iglesia está llamada no sólo a anunciar a Cristo y su Evangelio, sino también a trabajar para que el Reino de Dios se haga presente en la historia concreta de la patria, de los distintos ambientes, de la familia y de cada persona.

El Documento de Aparecida toma como hilo conductor esta promesa de Jesús. Lo hace examinando cómo está la vida de nuestros pueblos (primera parte), para luego reflexionar sobre la vida de Cristo en nosotros (segunda parte) y ofrecer al final luminosas orientaciones para que nuestros pueblos, en él, tengan vida (tercera parte).

Con gozo reconocemos que haber encontrado al Señor es lo mejor que nos ha sucedido en nuestra vida y por eso sentimos el impulso de compartir esta experiencia con todos nuestros hermanos, pero de manera especial con quienes, por razones que sólo Dios conoce plenamente, han abandonado la Iglesia o se encuentran lejos de ella.

Esto se debe, en muchos casos, a que no todos los bautizados han tenido la experiencia de un encuentro personal con Jesucristo porque no han sido plenamente evangelizados. Otra de las causas es, sin duda, la falta de testimonio de parte de muchos de los que nos llamamos discípulos del Señor. Sabemos bien que quien ha encontrado a Cristo no puede guardar sólo para sí ese tesoro, ya que él es la perla preciosa. En él debemos fijar nuestra mirada, a él hay que conocer, amar e imitar, para vivir con él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste (NMI, 29).

Por su parte, el Papa Benedicto XVI nos recuerda que

no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus  Caritas est, 1).

2. “Tengo compasión de la gente”

La bella imagen de un pueblo congregado en torno a Jesucristo, después de haberle acompañado en la procesión de La Bajada, expresa en forma elocuente lo que queremos ser: discípulos del Señor, atentos a la voz del Padre que resonó en la cumbre del Tabor: Este es mi Hijo, el amado; este es mi elegido, escúchenlo (Mt 17, 5).

Nos viene también a la mente otra imagen del Evangelio: la de Jesús que, al ver a la multitud hambrienta de su palabra, sintió compasión de ellos porque estaban como ovejas sin pastor (Mc 6, 34). Acto seguido, nuestro Señor se puso a enseñarles largamente (Ibid.) los misterios del Reino que él ha venido a anunciar y a hacer presente.

A los discípulos que se le acercan preocupados porque se ha hecho tarde y le piden que despida a la gente, nuestro Señor les responde: Denles ustedes de comer (Mc 6, 37). En esa actitud de Jesús está resumida su misión: él ha venido para que tengamos vida en abundancia, y esto incluye tanto el anuncio del evangelio como la promoción humana integral.

De esta manera, Cristo nos ha enseñado la actitud con la que debemos contemplar a las multitudes que caminan como ovejas sin pastor: la compasión. El siervo de Dios Juan Pablo II comenta bellamente estas palabras del Señor:

En este caso hay que recurrir a esa nueva fantasía de la caridad que ha de promover no tanto y no sólo la eficacia de la ayuda prestada, sino la capacidad de hacerse cercano a quien está necesitado, de modo que los pobres se sientan en cada comunidad cristiana como en su propia casa (Pastores Gregis, 73).

Con esa actitud deseamos acercarnos a las innumerables familias que padecen distintos tipos de carencia, tanto material como espiritual. Son realidades que contradicen el plan del Padre para la comunidad salvadoreña porque están marcadas por el dolor, el sufrimiento y la marginación.

Son rostros concretos que  reflejan la angustia porque se hace cada vez más difícil   conseguir el pan de cada día, la zozobra por el incremento constante del costo de la canasta básica, el drama del desempleo y subempleo, y la amenaza permanente de las distintas formas de violencia.

El Santo Padre lo señaló en Aparecida como un desafío colosal que debemos asumir en América Latina y el Caribe a fin de que el continente de la esperanza sea también el continente del amor (Discurso inaugural, 4).

3. Discípulos y misioneros de Jesucristo

Pero es en estas situaciones dramáticas donde emerge con fuerza la riqueza más grande que anida en el  corazón del pueblo salvadoreño: su fe profunda en Jesucristo, el Divino Salvador del Mundo. Una fe que la mayoría de nuestros compatriotas bebió de las fuentes puras de la Iglesia Católica, donde encontró el don de la palabra de Dios y el don de la Eucaristía, en una atmósfera en la que se experimenta la ternura de la Virgen María, Madre del Salvador. Una fe que se expresa en las distintas formas de la piedad popular.

El Documento de Aparecida afirma el aprecio profundo de los pastores hacia esta forma de expresión de la fe cristiana en la cual aparece el alma de los pueblos latinoamericanos (Discurso inaugural, 1); es nuestro deber como guías del pueblo de Dios, promoverla, protegerla y, cuando sea necesario, evangelizarla o purificarla para que conduzca a los fieles al encuentro personal con Jesucristo (cf. Documento de Aparecida, 258-265).

Para cultivar esa fe queremos impulsar en todas las parroquias, asociaciones, movimientos apostólicos, centros de educación católica y, en primer lugar en las familias, un proceso de formación que tenga como punto de partida el encuentro personal con Jesucristo. De esta manera  llegaremos a ser verdaderos discípulos del Señor.

Una de las grandes contribuciones de la Quinta Conferencia fue precisamente señalar que el encuentro con Jesucristo desencadena un proceso que lleva a la conversión, al discipulado, a la comunión y  a la misión (cf. DA 278). A lo largo del documento vamos aprendiendo que, según la enseñanza del Vicario de Cristo, todo auténtico cristiano debe ser discípulo y misionero. En efecto,

discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando  el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo él nos salva (Discurso inaugural,  3).

En la misma línea se expresan los obispos latinoamericanos en el Mensaje Final:

La primera invitación que Jesús hace a toda persona que ha vivido el encuentro con él, es la de ser su discípulo, para poner sus pasos en sus huellas y formar parte de su comunidad. ¡Nuestra mayor alegría es ser discípulos suyos! El nos llama a cada uno por nuestro nombre, conociendo a fondo nuestra historia (cf. Jn 10, 3), para convivir con él y enviarnos a continuar su misión (cf. Mc 3, 14-15) (Mensaje, 2).

Por eso, la formación de discípulos seguirá siendo, una de nuestras prioridades. Aparecida enumera algunos criterios que asumiremos con decisión y entusiasmo (cf. DA 279-285). Es un proceso permanente que nos exige asumir con humildad el reto que los obispos latinoamericanos designan como la conversión pastoral de la Iglesia. Esta implica escuchar con atención y discernir ‘lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias’ (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta (DA, 366).

El fruto precioso de tal proceso será una Iglesia que se hace discípula y forma discípulos dispuestos a cumplir con responsabilidad y audacia la tarea misionera. Evidentemente, no podemos ser discípulos misioneros si no aprendemos a escuchar al Maestro y si no cultivamos la amistad con él mediante la oración:

En un mundo sediento de espiritualidad y conscientes de la centralidad que ocupa la relación con el Señor en nuestra vida de discípulos, queremos ser una Iglesia que aprende a orar y enseña a orar. Una oración que nace de la vida y el corazón y es punto de partida de celebraciones vivas y participativas que animan y alimentan la fe (Mensaje, 3).

4. Una Iglesia en estado de misión

El documento conclusivo de la Quinta Conferencia, recordando el mandato del Señor de ir y hacer discípulos de todos los pueblos (Mt 28, 20), desea despertar un gran impulso misionero en nuestras naciones. Tal como lo propone el CELAM en un sugestivo documento sobre la Misión Continental, para conseguirlo, con la ayuda de Dios, estamos llamados a:

• “aprovechar intensamente esta hora de gracia;

• implorar y vivir un nuevo Pentecostés en todas las comunidades cristianas;

• despertar la vocación y la acción misionera de los bautizados, y alentar todas las vocaciones y ministerios que el Espíritu da a los discípulos de Jesucristo en la comunión viva de la Iglesia;

• salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de sentido, de verdad y amor, de alegría y de esperanza.

El Espíritu Santo nos precede en este camino misionero. Por eso confiamos que este testimonio de Buena Nueva constituya, a la vez, un impulso de renovación eclesial y de transformación de la sociedad” (La Misión Continental para una Iglesia misionera, pp. 9-10).

No se trata de algo nuevo, puesto que la misión es parte constitutiva de la identidad de la Iglesia, llamada por el Señor a evangelizar a todos los pueblos: Su razón de ser es actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios (Gaudium et Spes, 40).

Por eso, la misión que se realice como fruto del Encuentro de Aparecida, debe, ante todo, animar la vocación misionera de los cristianos, fortaleciendo las raíces de su fe y despertando su responsabilidad para que todas las comunidades cristianas se pongan en estado de misión permanente.

Así, la misión nos llevará a vivir el encuentro con Jesús como un dinamismo de conversión personal, pastoral y eclesial capaz de impulsar hacia la santidad y el apostolado a los bautizados, y de atraer a quienes están alejados del influjo del evangelio y a quienes aún no han experimentado el don de la fe.

Esta experiencia misionera abre un nuevo horizonte para la Iglesia de todo el continente, que quiere recomenzar desde Cristo, recorriendo junto a él un camino de maduración que nos capacite para ir al encuentro de toda persona, hablando el lenguaje cercano del testimonio, de la fraternidad, de la solidaridad.

Sí, lo sabemos bien, la fe actúa por medio del amor. La Eucaristía, sacramento de comunión, nos lleva a la solidaridad. Este fue el deseo ferviente expresado por el Vicario de Cristo al inaugurar los trabajos de la Quinta Conferencia:

¡Sólo de la Eucaristía brotará la civilización del amor que transformará Latinoamérica y el Caribe para que además de ser el Continente de la esperanza, sea también el Continente del amor!  (Discurso Inaugural, 4).

5. Algunas orientaciones pastorales

La Iglesia en El Salvador, junto con las Iglesias hermanas en todo el continente se declara este día en estado permanente de misión. Hemos querido aprovechar la fecha tan especial de la fiesta titular de la República para lanzar oficialmente la Misión Continental en nuestro país. Será un tiempo de gracia, un camino de renovación, de conversión personal, social y pastoral. De esta manera podremos responder adecuadamente a los grandes desafíos de nuestra época.

Para ello, delante de la bendita imagen del Divino Salvador del Mundo, renovamos nuestra profesión de fe, como lo hicieron los obispos reunidos en Aparecida:

Somos amados y redimidos en Jesús, Hijo de Dios, el Resucitado vivo en medio de nosotros; por él podemos ser libres del pecado, de toda esclavitud, y vivir en justicia y fraternidad. ¡Jesús es el camino que nos permite descubrir la verdad y lograr la plena realización de nuestra vida!  (Mensaje, 1).

La misión que hoy anunciamos se realizará en cada una de las diócesis de acuerdo a los respectivos planes pastorales, en sintonía con las Iglesias particulares del continente y con momentos celebrativos vividos en común a nivel latinoamericano. El objetivo es llegar a ser una Iglesia que vive en misión permanente.

Conocemos los diversos esfuerzos que se están realizando en parroquias, asociaciones, movimientos apostólicos, comunidades de vida consagrada y otros grupos cristianos. Es algo que vemos con gran esperanza y que alentamos de corazón. Por nuestra parte, como pastores encargados de guiar al pueblo católico en la tierra del Divino Salvador, ofrecemos las siguientes orientaciones pastorales, a fin de que el esfuerzo que se realiza con tanta generosidad, sea coronado con abundantes frutos que lleven a más y más salvadoreños al encuentro personal con Jesucristo y a la experiencia maravillosa de convertirse, a su vez, en sus discípulos y misioneros:

a) En primer lugar, debemos tener siempre presente la necesidad absoluta de pedir al dueño de la mies, no sólo que envíe más obreros sino que quienes estamos trabajando en su viña, lo hagamos en su nombre y con la fuerza de su Espíritu.

b) Nuestra palabra se dirige ante todo a los sacerdotes. De ustedes, queridos hermanos, depende en gran parte el buen éxito de la misión: de su entusiasmo, de su testimonio, de su entrega generosa para que el Documento Conclusivo de la Quinta Conferencia sea conocido y puesto en práctica. La propuesta de Aparecida sobre la renovación parroquial debe encontrar en ustedes una actitud de cálida acogida, dispuestos a responder al llamado insistente a una profunda conversión, no sólo personal sino también pastoral, con todo lo que ello implica (cf. DA, 365-372).

c) La parroquia renovada que soñamos no puede contentarse con una pastoral de conservación, sino que debe configurarse como una auténtica parroquia misionera. Se escucha con frecuencia el lamento de que no pocos hijos e hijas de la Iglesia han abandonado o están abandonando a la madre que les engendró a la fe. Esto nos obliga a un sincero examen de conciencia, para ver hasta dónde imitamos a Jesús, el buen pastor, que salió a buscar a la oveja que no estaba en el redil.

d) En el nivel diocesano, cada uno de los obispos está impulsando procesos evangelizadores según las líneas pastorales que orientan la acción de su respectiva Iglesia Particular. La misión no pretende sustituirlas sino potenciarlas.

e) Una Iglesia misionera no puede ser indiferente a los desafíos que nos presenta la realidad de El Salvador, tanto en el campo religioso como a nivel económico, político, social y cultural. Debemos mirar de frente problemas como el secularismo creciente, la migración de católicos a otros grupos religiosos, la inhumana pobreza que impide a tantas familias una vida digna, el fenómeno de tantos compatriotas que abandonan su casa y su patria, buscando mejores condiciones económicas, con las consecuencias dolorosas que a menudo ello conlleva en el seno familiar, como lo hemos señalado tantas veces. En estas realidades dolorosas hay una llamada del Señor a que seamos profetas de esperanza y a que comuniquemos la vida nueva del resucitado en el corazón de las personas y en los distintos ambientes del mundo.

6. Elementos centrales de la misión

Pero todo nuestro empeño será frágil si no damos una prioridad fundamental a la formación de verdaderos discípulos misioneros de Jesucristo. Una formación que  tenga en cuenta los medios o instrumentos que nos propone el documento del CELAM antes citado (cf. pp. 18-23):

• Beber de la palabra, lugar de encuentro con Jesucristo

Para ello queremos dar un impulso particular a la pastoral bíblica, entendida como animación bíblica de la pastoral, que sea escuela de interpretación o conocimiento de la Palabra, de comunión con Jesús u oración con la Palabra, y de evangelización inculturada o de proclamación de la Palabra (DA, 248).

• Alimentarse de la Eucaristía

Debe darse especial relieve a la liturgia, sobre todo a los sacramentos de la iniciación cristiana  (bautismo, confirmación y Eucaristía), signos que expresan y realizan la vocación de discípulos de Jesús a cuyo seguimiento somos llamados. Ahora más que nunca es necesario tomar plena conciencia de que la Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo y, a la vez, fuente inagotable de la vocación cristiana y del impulso misionero.

• Construir la Iglesia como casa y escuela de comunión

El  siervo de Dios Juan Pablo II afirmaba que el gran desafío del tercer milenio es la comunión. En efecto, un tercer espacio de encuentro con Jesucristo es la vida comunitaria: “Jesús está presente en medio de la comunidad viva en la fe y en el amor fraterno. Allí el cumple su promesa: ‘Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’ (Mt 18,20)” (DA, 256). Formar comunidad implica adoptar la actitud de Jesús, asumir su destino pascual con todas sus exigencias, participar en su misión, estar en actitud de permanente conversión y mantener la alegría del discípulo misionero al servicio del Reino. Esta exigencia evangélica demandará la renovación de las estructuras pastorales, a fin de impulsar una nueva forma de ser Iglesia: más fraterna, expresión de comunión, más participativa y más misionera.

• Servir a la sociedad, en especial, a los pobres

Un cuarto medio de encuentro con Jesucristo y de acción misionera es el servicio a la sociedad para que nuestros pueblos tengan la vida de Cristo y, de un modo especial, el servicio a los pobres, enfermos y afligidos (cf. Mt 25, 37-40), que reclaman nuestro compromiso y nos dan testimonio de fe, paciencia en el sufrimiento y constante lucha para seguir viviendo. ¡Cuántas veces los pobres y los que sufren realmente nos evangelizan! En el reconocimiento de esta presencia y cercanía y en la defensa de los derechos de los excluidos, se juega la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo (cf. NMI, 49). El encuentro con Jesucristo en los pobres es una dimensión constitutiva de nuestra fe en Jesucristo. De la contemplación de su rostro sufriente en ellos y del encuentro con él en los afligidos y marginados, cuya inmensa dignidad él mismo nos revela, surge nuestra opción por ellos. La misma adhesión a Jesucristo es la que nos hace amigos de los pobres y solidarios con su destino (DA, 257).

Concluimos nuestra exhortación pastoral haciendo nuestro el vehemente llamado de la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y Caribeño, al terminar sus trabajos en Aparecida:

¡Que nadie se quede con los brazos cruzados! Ser misionero es ser anunciador de Jesucristo con creatividad y audacia en todos los lugares donde el Evangelio no ha sido suficientemente anunciado o acogido, en especial, en los ambientes difíciles y olvidados y más allá de nuestras fronteras  (Mensaje, 4).

El reciente Congreso Misionero Salvadoreño, que despertó tantas energías evangelizadoras y tanto ardor apostólico, ha creado el clima que necesitamos para ponernos en camino desde nuestros propios lugares y responsabilidades. En al Año Paulino surge de nuestro corazón el grito del Apóstol de los gentiles: ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! (I Cor 9, 16).

Invocando una especial bendición del Divino Salvador, inauguramos hoy la gran misión en este país que lleva su nombre. Que la Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia, la perfecta discípula y misionera, nos acompañe en nuestro caminar. 

 

San Salvador, 6 de agosto de 2008.

Descarga este material en Archivo adjunto, formato pdf

Archivo Adjunto: 
application/pdf iconMision continental-exhortacion pastoral.pdf [1]

Documento Conclusivo Aparecida

V CONFERENCIA GENERAL

DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE

Aparecida, 13-31 de mayo de 2007

 

 

Documento Conclusivo

INTRODUCCIÓN

Con la luz del Señor resucitado y con la fuerza del Espíritu Santo, Obispos de América nos reunimos en Aparecida, Brasil, para celebrar la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y El Caribe. Lo hemos hecho como pastores que queremos seguir impulsando la acción evangelizadora de la Iglesia, llamada a hacer de todos sus miembros discípulos y misioneros de Cristo, Camino, Verdad y Vida, para que nuestros pueblos tengan vida en Él. Lo hacemos en comunión con todas las Iglesias Particulares presentes en América.  María, Madre de Jesucristo y de sus discípulos, ha estado muy cerca de nosotros, nos ha acogido, ha cuidado nuestras personas y trabajos, cobijándonos, como a Juan Diego y a nuestros pueblos, en el pliegue de su manto, bajo su maternal protección. Le hemos pedido, como madre, perfecta discípula y pedagoga de la evangelización, que nos enseñe a ser hijos en su Hijo y a hacer lo que Él nos diga (cf. Jn 2,5).

Con alegría, estuvimos reunidos con el Sucesor de Pedro, Cabeza del Colegio Episcopal. Su Santidad Benedicto XVI nos ha confirmado en el primado de la fe en Dios, de su verdad y amor, para bien de personas y pueblos. Agradecemos todas sus enseñanzas, especialmente su Discurso Inaugural, que fueron iluminación y guía segura para nuestros trabajos. El recuerdo agradecido de los últimos Papas, y en especial de su rico Magisterio que ha estado también presente en nuestros trabajos, merece especial memoria y gratitud.

Nos hemos sentido acompañados por la oración de nuestro pueblo creyente católico, representado visiblemente por la compañía del Pastor y los fieles de la Iglesia de Dios en Aparecida, y por la multitud de peregrinos de todo Brasil y otros países de América al Santuario, que nos edificaron y evangelizaron. En la comunión de los santos, tuvimos presentes a todos los que nos han precedido como discípulos y misioneros en la viña del Señor y especialmente a nuestros santos latinoamericanos, entre ellos a Santo Toribio de Mogrovejo, patrono del Episcopado latinoamericano.

El Evangelio llegó a nuestras tierras en medio de un dramático y desigual encuentro de pueblos y culturas. Las “semillas del Verbo”[1] [2], presentes en las culturas autóctonas, facilitaron a nuestros hermanos indígenas encontrar en el Evangelio respuestas vitales a sus aspiraciones más hondas: “Cristo era el Salvador que anhelaban silenciosamente”[2] [3]. La visitación de Nuestra Señora de Guadalupe fue acontecimiento decisivo para el anuncio y reconocimiento de su Hijo, pedagogía y signo de inculturación de la fe, manifestación y renovado ímpetu misionero de propagación del Evangelio[3] [4].

Desde la primera evangelización hasta los tiempos recientes, la Iglesia ha experimentado luces y sombras[4] [5]. Escribió páginas de nuestra historia de gran sabiduría y santidad. Sufrió también tiempos difíciles, tanto por acosos y persecuciones, como por las debilidades, compromisos mundanos e incoherencias, en otras palabras, por el pecado de sus hijos, que desdibujaron la novedad del Evangelio, la luminosidad de la verdad y la práctica de la justicia y de la caridad. Sin embargo, lo más decisivo en la Iglesia es siempre la acción santa de su Señor.

Por eso, ante todo, damos gracias a Dios y lo alabamos por todo lo que nos ha sido regalado. Acogemos la realidad entera del Continente como don: la belleza y fecundidad de sus tierras, la riqueza de humanidad que se expresa en las personas, familias, pueblos y culturas del Continente. Sobre todo, nos ha sido dado Jesucristo, la plenitud de la Revelación de Dios, un tesoro incalculable, la “perla preciosa” (cf. Mt 13, 45-46), el Verbo de Dios hecho carne, Camino, Verdad y Vida de los hombres y mujeres, a quienes abre un destino de plena justicia y felicidad. El es el único Liberador y Salvador que, con su muerte y resurrección, rompió las cadenas opresivas del pecado y la muerte, que revela el amor misericordioso del Padre y la vocación, dignidad y destino de la persona humana.

La fe en Dios amor y la tradición católica en la vida y cultura de nuestros pueblos son sus mayores riquezas. Se manifiesta en la fe madura de muchos bautizados y en la piedad popular que expresa “el amor a Cristo sufriente, el Dios de la compasión, del perdón y la reconciliación (…), - el amor al Señor presente en la Eucaristía (…), - el Dios cercano a los pobres y a los que sufren, - la profunda devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe, de Aparecida o de las diversas advocaciones nacionales y locales”[5] [6]. Se expresa también en la caridad que anima por doquier gestos, obras y caminos de solidaridad con los más necesitados y desamparados. Está vigente también en la conciencia de la dignidad de la persona, la sabiduría ante la vida, la pasión por la justicia, la esperanza contra toda esperanza y la alegría de vivir aún en condiciones muy difíciles que mueven el corazón de nuestras gentes. Las raíces católicas permanecen en su arte, lenguaje, tradiciones y estilo de vida, a la vez dramático y festivo, en el afrontamiento de la realidad. Por eso, el Santo Padre nos responsabilizó más aún, como Iglesia, en “la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios”[6] [7].

El don de la tradición católica es un cimiento fundamental de identidad, originalidad y unidad de América Latina y El Caribe: una realidad histórico-cultural, marcada por el Evangelio de Cristo, realidad en la que abunda el pecado – descuido de Dios, conductas viciosas, opresión, violencia, ingratitudes y miserias – pero donde sobreabunda la gracia de la victoria pascual. Nuestra Iglesia goza, no obstante las debilidades y miserias humanas, de un alto índice de confianza y de credibilidad por parte del pueblo. Es morada de pueblos hermanos y casa de los pobres.

La V ConferenciaGeneral del Episcopado Latinoamericano y Caribeño es un nuevo paso en el camino de la Iglesia, especialmente desde el Concilio Ecuménico Vaticano II. Ella da continuidad y, a la vez, recapitula el camino de fidelidad, renovación y evangelización de la Iglesia latinoamericana al servicio de sus pueblos, que se expresó oportunamente en las anteriores Conferencias Generales del Episcopado (Río, 1955; Medellín, 1968; Puebla, 1979; Santo Domingo, 1992). En todo ello reconocemos la acción del Espíritu. También tenemos presente la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América (1997).

Esta V Conferencia se propone “la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar también a los fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo”[7] [8]. Se abre paso un nuevo período de la historia con desafíos y exigencias, caracterizado por el desconcierto generalizado que se propaga por nuevas turbulencias sociales y políticas, por la difusión de una cultura lejana y hostil a la tradición cristiana, por la emergencia de variadas ofertas religiosas, que tratan de responder, a su manera, a la sed de Dios que manifiestan nuestros pueblos.

La Iglesiaestá llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales. No puede replegarse frente a quienes sólo ven confusión, peligros y amenazas, o de quienes pretenden cubrir la variedad y complejidad de situaciones con una capa de ideologismos gastados o de agresiones irresponsables. Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu.

No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza “es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”[8] [9]. A todos nos toca recomenzar desde Cristo[9] [10], reconociendo que  “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”[10] [11].

En América Latina y El Caribe, cuando muchos de nuestros pueblos se preparan para celebrar el bicentenario de su independencia, nos encontramos ante el desafío de revitalizar nuestro modo de ser católico y nuestras opciones personales por el Señor, para que la fe cristiana arraigue más profundamente en el corazón de las personas y los pueblos latinoamericanos como acontecimiento fundante y encuentro vivificante con Cristo. Él se manifiesta como novedad de vida y de misión en todas las dimensiones de la existencia personal y social. Esto requiere, desde nuestra identidad católica, una evangelización mucho más misionera, en diálogo con todos los cristianos y al servicio de todos los hombres. De lo contrario, “el rico tesoro del Continente Americano… su patrimonio más valioso: la fe en Dios amor…”[11] [12] corre el riesgo de seguir erosionándose y diluyéndose de manera creciente en diversos sectores de la población. Hoy se plantea elegir entre caminos que conducen a la vida o caminos que conducen a la muerte (cf. Dt 30, 15). Caminos de muerte son los que llevan a dilapidar los bienes recibidos de Dios a través de quienes nos precedieron en la fe. Son caminos que trazan una cultura sin Dios y sin sus mandamientos o incluso contra Dios, animada por los ídolos del poder, la riqueza y el placer efímero, la cual termina siendo una cultura contra el ser humano y contra el bien de los pueblos latinoamericanos. Caminos de vida verdadera y plena para todos, caminos de vida eterna, son aquellos abiertos por la fe que conducen a “la plenitud de vida que Cristo nos ha traído: con esta vida divina se desarrolla también en plenitud la existencia humana, en su dimensión personal, familiar, social y cultural”[12] [13] Esa es la vida que Dios nos participa por su amor gratuito, porque “es el amor que da la vida”[13] [14]. Estos caminos de vida fructifican en los dones de verdad y de amor que nos han sido dados en Cristo en la comunión de los discípulos y misioneros del Señor, para que América Latina y El Caribe sean efectivamente un continente en el cual la fe, la esperanza y el amor renueven la vida de las personas y transformen las culturas de los pueblos.

El Señor nos dice: “no tengan miedo” (Mt 28, 5). Como a las mujeres en la mañana de la Resurrección, nos repite: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” (Lc 24, 5). Nos alientan los signos de la victoria de Cristo resucitado, mientras suplicamos la gracia de la conversión y mantenemos viva la esperanza que no defrauda. Lo que nos define no son las circunstancias  dramáticas de la vida, ni los desafíos de la sociedad, ni las tareas que debemos emprender, sino ante todo el amor recibido del Padre gracias a Jesucristo por la unción del Espíritu Santo. Esta prioridad fundamental es la que ha presidido todos nuestros trabajos, ofreciéndolos a Dios, a nuestra Iglesia, a nuestro pueblo, a cada uno de los latinoamericanos, mientras elevamos al Espíritu Santo nuestra súplica confiada para que redescubramos la belleza y la alegría de ser cristianos. Aquí está el reto fundamental que afrontamos: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo. No tenemos otro tesoro que éste. No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante todas las dificultades y resistencias. Este es el mejor servicio -¡su servicio!- que la Iglesia tiene que ofrecer a las personas y naciones[14] [15].

En esta hora, en que renovamos la esperanza, queremos hacer nuestras las palabras de SS. Benedicto XVI al inicio de su Pontificado, haciendo eco de su predecesor, el Siervo de Dios, Juan Pablo II, y proclamarlas para toda América Latina: ¡No teman! ¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!…quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera… ¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y encontrarán la verdadera vida[15] [16].

“Ésta V Conferencia General se celebra en continuidad con las otras cuatro que la precedieron en Río de Janeiro, Medellín, Puebla y Santo Domingo. Con el mismo espíritu que las animó, los pastores quieren dar ahora un nuevo impulso a la evangelización, a fin de que estos pueblos sigan creciendo y madurando en su fe, para ser luz del mundo y testigos de Jesucristo con su propia vida”[16] [17]. Como pastores de la Iglesia, somos conscientes de que, “después de la IV Conferencia General, en Santo Domingo, muchas cosas han cambiado en la sociedad. La Iglesia, que participa de los gozos y esperanzas, de las penas y alegrías de sus hijos, quiere caminar a su lado en este período de tantos desafíos, para infundirles siempre esperanza y consuelo”[17] [18].

Nuestra alegría, pues,se basa en el amor del Padre, en la participación en el misterio pascual de Jesucristo quien, por el Espíritu Santo, nos hace pasar de la muerte a la vida, de la tristeza al gozo, del absurdo al hondo sentido de la existencia, del desaliento a la esperanza que no defrauda. Esta alegría no es un sentimiento artificialmente provocado ni un estado de ánimo pasajero. El amor del Padre nos ha sido revelado en Cristo que nos ha invitado a entrar en su reino. Él nos ha enseñado a orar diciendo “Abba, Padre” (Rm 8, 15; cf. Mt 6, 9).

Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado. Con los ojos iluminados por la luz de Jesucristo resucitado, podemos y queremos contemplar al mundo, a la historia, a nuestros pueblos de América Latina y de El Caribe, y a cada una de sus personas.

 

ÍNDICE GENERAL

INTRODUCCIÓN

 

PRIMERA PARTE: LA VIDA DE NUESTROS PUEBLOS HOY

 

CAPÍTULO 1:LOS DISCÍPULOS MISIONEROS

1.1       Acción de gracias a Dios

1.2       La alegría de ser discípulos y misioneros de Jesucristo

1.3       La misión de la Iglesia es evangelizar

 

CAPÍTULO 2:MIRADA DE LOS DISCÍPULOS MISIONEROS SOBRE LA REALIDAD

 

2.1       La realidad que nos interpela como discípulos y misioneros

2.1.1       Situación sociocultural

2.1.2       Situación económica

2.1.3       Dimensión sociopolítica

2.1.4       Biodiversidad, ecología, Amazonia y Antártida

2.1.5       Presencia de los pueblos indígenas y afroamericanos en la Iglesia

2.2       Situación de nuestra Iglesia en esta hora histórica de desafíos

 

SEGUNDA PARTE: LA VIDA DE JESUCRISTO EN LOS DISCÍPULOS MISIONEROS

 

CAPÍTULO 3:LA ALEGRÍA DE SER DISCÍPULOS MISIONEROS PARA ANUNCIAR EL EVANGELIO DE JESUCRISTO

 

3.1       La buena nueva de la dignidad humana

3.2       La buena nueva de la vida

3.3       La buena nueva de la familia

3.4       La buena nueva de la actividad humana:

3.4.1       El trabajo

3.4.2       La ciencia y la tecnología

3.5       La buena nueva del destino universal de los bienes y ecología

3.6       El Continente de la esperanza y del amor

 

CAPÍTULO 4:LA VOCACIÓN DE LOS DISCÍPULOS MISIONEROS A LA SANTIDAD

 

4.1       Llamados al seguimiento de Jesucristo

4.2       Configurados con el Maestro

4.3       Enviados a anunciar el Evangelio del Reino de vida

4.4       Animados por el Espíritu Santo

 

CAPÍTULO 5:          LA COMUNIÓN DE LOS DISCÍPULOS MISIONEROS EN LA IGLESIA

 

5.1       Llamados a vivir en comunión

5.2       Lugares eclesiales para la comunión

5.2.1       La Diócesis, lugar privilegiado de la comunión

5.2.2       La Parroquia, comunidad de comunidades

5.2.3       Comunidades Eclesiales de Base y Pequeñas comunidades

5.2.4       Las Conferencias Episcopales y la comunión entre las Iglesias

5.3       Discípulos misioneros con vocaciones específicas

5.3.1       Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

5.3.2       Los presbíteros, discípulos misioneros de Jesús Buen Pastor

5.3.2.1    Identidad y misión de los presbíteros

5.3.2.2    Los párrocos, animadores de una comunidad de discípulos misioneros

5.3.3       Los diáconos permanentes, discípulos misioneros de Jesús Servidor

5.3.4       Los fieles laicos y laicas, discípulos y misioneros de Jesús Luz del mundo

5.3.5       Los consagrados y consagradas, discípulos misioneros de Jesús Testigo del Padre

5.4       Los que han dejado la Iglesia para unirse a otros grupos religiosos

5.5       Diálogo ecuménico e interreligioso

5.5.1       Diálogo ecuménico para que el mundo crea

5.5.2       Relación con el judaísmo y diálogo interreligioso

 

CAPÍTULO 6:EL ITINERARIO FORMATIVO DE LOS DISCÍPULOS MISIONEROS

 

6.1       Una espiritualidad trinitaria del encuentro con Jesucristo

6.1.1       El encuentro con Jesucristo

6.1.2       Lugares de encuentro con Jesucristo

6.1.3       La piedad popular como espacio de encuentro con Jesucristo

6.1.4       María, discípula y misionera

6.1.5       Los apóstoles y los santos

6.2       El proceso de formación de los discípulos misioneros

6.2.1       Aspectos del proceso

6.2.2       Criterios generales

6.2.2.1    Una formación integral, kerygmática y permanente

6.2.2.2    Una formación atenta a dimensiones diversas

6.2.2.3    Una formación respetuosa de los procesos

6.2.2.4    Una formación que contempla el acompañamiento de los discípulos

6.2.2.5   Una formación en la espiritualidad de la acción misionera

6.3       Iniciación a la vida cristiana y catequesis permanente

6.3.1       Iniciación a la vida cristiana

6.3.2       Propuestas para la iniciación cristiana

6.3.3       Catequesis permanente

6.4       Lugares de formación para los discípulos misioneros

6.4.1       La Familia, primera escuela de la fe

6.4.2       Las Parroquias

6.4.3       Pequeñas comunidades eclesiales

6.4.4       Los Movimientos eclesiales y Nuevas comunidades

6.4.5       Los Seminarios y Casas de formación religiosa

6.4.6       La Educación Católica

6.4.6.1    Los centros educativos católicos

6.4.6.2    Las universidades y centros superiores de educación católica

 

TERCERA PARTE

LA VIDA DEJESUCRISTO PARA NUESTROS PUEBLOS

 

CAPÍTULO 7: LA MISIÓN DE LOS DISCÍPULOS AL SERVICIO DE LA VIDA PLENA

 

7.1       Vivir y comunicar la vida nueva en Cristo a nuestros pueblos

7.1.1       Jesús al servicio de la vida

7.1.2       Variadas dimensiones de la vida en Cristo

7.1.3       Al servicio de una vida plena para todos

7.1.4       Una misión para comunicar vida

7.2       Conversión pastoral y renovación misionera de las comunidades

7.3       Nuestro compromiso con la misión ad gentes

 

CAPÍTULO 8:REINO DE DIOS Y PROMOCIÓN DE LA DIGNIDAD HUMANA

 

8.1       Reino de Dios, justicia social y caridad cristiana

8.2       La dignidad humana

8.3       La opción preferencial por los pobres y excluidos

8.4       Una renovada pastoral social para la promoción humana integral

8.5       Globalización de la solidaridad y justicia internacional

8.6       Rostros sufrientes que nos duelen

8.6.1       Personas que viven en la calle en las grandes urbes

8.6.2       Migrantes

8.6.3       Enfermos

8.6.4       Adictos dependientes

8.6.5       Detenidos en cárceles

 

CAPÍTULO 9:FAMILIA, PERSONAS Y VIDA

 

9.1       El matrimonio y la familia

9.2       Los niños

9.3       Los adolescentes y jóvenes

9.4       El bien de los ancianos

9.5       La dignidad y participación de las mujeres

9.6       La responsabilidad del varón y padre de familia

9.7       La cultura de la vida y su defensa

9.8       El cuidado del medio ambiente

 

CAPÍTULO 10: NUESTROS PUEBLOS Y LA CULTURA

 

10.1     La cultura y su evangelización

10.2     La educación como bien público

10.3     Pastoral de la Comunicación Social

10.4     Nuevos areópagos y centros de decisión

10.5     Discípulos y misioneros en la vida pública

10.6     La Pastoral Urbana

10.7     Al servicio de la unidad y de la fraternidad de nuestros pueblos

10.8     La integración de los indígenas y afroamericanos

10.9     Caminos de reconciliación y solidaridad

 

SIGLAS

CONCLUSIÓN

Descarga este Documento en Archivo Adjunto, formato PDF

Archivo Adjunto: 
application/pdf iconDocumento Conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.pdf [19]

La Alegria de ser Discipulos de Jesucristo

 

LA ALEGRÍA DE SER DISCÍPULOS MISIONEROS DE JESUCRISTO

Mensaje de la Asamblea del Secretariado Episcopal de América Central (SEDAC) 

 

      En un clima de ferviente oración, fraternidad, comunión y esperanza, acogidos por la Iglesia que peregrina en El Salvador y bajo la protección de la Reina de la Paz, los Obispos de Centroamérica nos hemos reunido para realizar nuestra Asamblea anual y elegir a los hermanos que estarán al frente del secretariado Episcopal de América Central (SEDAC) durante los próximos cuatro años.  

      Nuestra Asamblea se realiza en el espíritu de cuatro grandes acontecimientos eclesiales: la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (Aparecida), el Trercer Congreso Americano Misionero (CAM 3), el Año Jubilar Paulino y el Sínodo de la Palabra. 

 Sin duda, son acontecimientos de gracia que revitalizarán nuestra identidad de discípulos misioneros de Jesucristo que “escuchan, aprenden y anuncian” a fin de alentar la esperanza de nuestros pueblos. 

Nuestra palabra de pastores se dirige a las iglesias particulares en las que ejercemos nuestro ministerio episcopal y a los pueblos centroamericanos. 

 

1. LLAMADOS PARA SER DISCÍPULOS

     “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres” ( Mt 4, 19) 

      La primera experiencia del discípulo consiste en el llamado personal que le hace Jesús y en la voluntad de seguirle que nace en él y que le mueve a dar su respuesta creyente y amorosa, que lo lleva a configurarse con el Señor. La decisión de seguirle le da un nuevo significado a su vida. Por lo tanto, no basta conocerlo sino, además, es necesario seguirlo. 

      Nos llena de gozo constatar el gran amor del pueblo a la Palabra de Dios, pero somos conscientes de que falta mucho para que esa Palabra que es Cristo y su enseñanza, sean más conocidas y vividas. El fecundo intercambio durante el reciente Sínodo y el futuro documento potsinodal del Santo Padre, serán guía segura para que el Evangelio penetre en el corazón y en la conciencia del pueblo centroamericano. 

      El Documento de Aparecida llama a cada bautizado a convertirse cada vez más en  discípulo y misionero de Jesucristo para que nuestros pueblos, en Él, tengan vida. Ciertamente, “Jesús invita a encontrarnos con Él y a que nos vinculemos estrechamente a Él, porque es la fuente de la vida (cf. Jn 15, 5-15) y sólo Él tiene palabras de vida eterna… El discípulo experimenta que la vinculación íntima con Jesús en el grupo de los suyos es participación de la Vida salida de las entrañas del Padre, es formarse para asumir su mismo estilo de vida y sus mismas motivaciones, correr su misma suerte y hacerse cargo de su misión de hacer nuevas todas las cosas” (n. 131).

      El Año Paulino nos da la oportunidad de fijar nuestros ojos en este hombre excepcional que no conoció personalmente al Señor, pero que se encontró con él en el camino de Damasco. Fue un encuentro que cambió tan radicalmente su vida, que pudo decir con verdad: “Todo lo estimo basura para ganar a Cristo” (Flp 3, 8); “…y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Y con la vehemencia de  su carácter impetuoso, se lanzó a la misión entre los pueblos que no conocían a Cristo: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1Cor 9, 16). 

 

2.  LLAMADOS PARA SER ENVIADOS Y HACER DISCÍPULOS

“Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos…” (Mt 28, 19)

      Aparecida, como fruto inmediato y concreto, nos convoca a todos y todas a la Misión Continental que, más que un momento o una acción puntual, es poner a toda la Iglesia en “estado permanente de Misión”, recuperando su identidad propia. Justamente, ese fue el deseo que manifestó el Papa Benedicto XVI al aprobar el documento de Aparecida: “Para mí fue motivo de alegría conocer el deseo de realizar una ‘Misión Continental’ que las Conferencias Episcopales y cada diócesis están llamadas a estudiar y llevar a cabo, convocando para ello a todas las fuerza vivas, de modo que caminando desde Cristo se busque su rostro” (Cf. Benedicto XVI, Carta de probación del Documento de Aparecida, 29.06.07). 

      El llamado a la misión comporta la adecuación de las personas, de las estructuras eclesiales (cf. DA 365) para que pueda darse el paso de una pastoral de mera conservación a una pastoral de decidida acción misionera (cf. DA 370). Eso implica que no puede haber persona, grupo o institución de la Iglesia que no oriente su formación y acción hacia la misión.

      Se trata de despertar a nuestras comunidades cristianas para aprovechar este tiempo de gracia; implorar y vivir un renovado pentecostés en todas ellas, estimulando la vocación y acción misionera de los bautizados. Debemos salir al encuentro de las personas, de las familias, de las comunidades cristianas a fin de comunicar y compartir el don del encuentro con Cristo que llenó nuestras vidas de sentido, de verdad y amor, de alegría y esperanza (cf. DA 548). 
  

3.  LLAMADOS A SER DISCÍPULOS MISIONEROS AL SERVICIO DE LA VIDA

     “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10) 

      El discípulo misionero de Jesús debe vivir y comunicar la vida, por lo que no puede estar ausente ni de las alegrías ni de las tristezas del mundo en el que vive. Cada discípulo y misionero, desde su vocación específica y con su identidad propia, debe ser un agente promotor de la vida. Porque, al estilo del Señor, estamos en el mundo para que  “tenga vida y vida abundante”.

      Merecen nuestro recuerdo y gratitud nuestros misioneros y misioneras que con su testimonio valiente predicaron el Evangelio en nuestra tierra. “…santos y santas, y de quienes, aun sin haber sido canonizados, han vivido con radicalidad el evangelio y han ofrendado su vida por Cristo, por la Iglesia y por su pueblo” (DA 98). 

      Alabamos y agradecemos al Señor por los hombres y mujeres que, en el ministerio sacerdotal y en la vida consagrada, sirven en nuestras Iglesias particulares con fidelidad a su vocación y con entrega generosa al pueblo de Dios. 

      Igualmente, con gratitud, reconocemos la presencia en nuestras Iglesias particulares de una ingente muchedumbre de hombres y mujeres que, como catequistas, delegados de la Palabra, servidores de los enfermos, ministros extraordinarios de la comunión, se entregan con generosidad al anuncio y propagación del Evangelio. También reconocemos la vitalidad que imprimen a la vida espiritual de nuestros fieles la gran variedad de movimientos y grupos. 

      Animamos a todos los laicos y laicas a asumir su vocación de impregnar las estructuras humanas, culturales, sociales, económicas y políticas, del espíritu del Evangelio, de tal manera que nuestra sociedad sea transformada. La presencia de cristianos y cristianas en la vida pública es un servicio de amor al prójimo y, por tanto, resulta una tarea prioritaria su formación en la Doctrina Social de la Iglesia, a fin de que sean capaces de iluminar cristianamente la sociedad en que viven y de dar testimonio de su fe y vida cristiana. 

      No hay duda de que nuestra región centroamericana, por la dinámica de la globalización y por las deficiencias estructurales propias, está inmersa en procesos económicos que no siempre garantizan un desarrollo integral y sostenible. Proyectos de explotación minera, de construcción de hidroeléctricas y de agroindustrias se hacen, muchas veces, al margen de los intereses reales de las comunidades afectadas, sin las debidas compensaciones y sin el menor respeto por el equilibrio ecológico. No podemos perder de vista que la verdadera ecología es la que tiene en su centro el respeto y el interés por la persona humana, al servicio de la cual Dios creó las demás cosas.  

      Acompañamos el sufrimiento de tanto hermanos y hermanas que han sido deportados desde los Estados Unidos y México, tratados de modo indigno a su condición de personas. Agradecemos y apoyamos la actitud solidaria de nuestros hermanos los obispos de los Estados Unidos para lograr una reforma migratoria con rostro humano. 

      En el ámbito político, se hace necesario profundizar los procesos democráticos, no sólo en la emisión y el recuento de los votos, que es necesario, sino también en el manejo de las campañas, en la elaboración de los programas de gobierno y, además, en la rendición de cuentas de la gestión pública. Aspirar al poder político es legítimo, pero sólo si está acompañado de una voluntad de servicio al bien común y de una búsqueda de soluciones efectivas a los problemas que aquejan a la población, especialmente a los más pobres y marginados. 

      En todos nuestros pueblos se da un creciente deterioro de la familia, estimulado por los mensajes y actitudes negativas que se proponen a los niños, niñas y jóvenes desde los más variados espacios de comunicación: música, cine, televisión, prensa escrita, etc. Y todo esto en un clima de brutal violencia homicida que golpea, sobre todo, varios de nuestros países. Por todo ello, debemos impulsar “una pastoral familiar vigorosa, que invite a las personas a descubrir la belleza de su vocación al matrimonio cristiano, a defender la vida humana desde su concepción a su término natural y a construir hogares en los que los hijos se eduquen en el amor a la verdad del Evangelio y en los sólidos valores humanos” (Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los Obispos de Panamá en “Visita Ad Limina”, 19 de septiembre de 2008). 

Un momento particularmente intenso, fue nuestra visita a la tumba de Monseñor Romero, a quien el Papa Benedicto XVI evocó ante los obispos de EL Salvador: “El Evangelio, llevado allí por los primeros misioneros y predicado también con fervor por pastores llenos de amor de Dios, como Monseñor Óscar Arnulfo Romero, ha arraigado ampliamente en esa hermosa tierra, dando frutos abundantes de vida cristiana y de santidad” (Discurso durante la Visita ad Límina, 28 de febrero de 2008). Deseamos vehementemente, que su testimonio sea reconocido oficialmente por la Iglesia. 

Nueva Directiva

      Cumpliendo con lo mandado en los Estatutos, procedimos a elegir al Presidente y Secretario del SEDAC para el próximo cuatrienio, recayendo estos servicios en los hermanos obispos Mons. Leopoldo José Brenes Solórzano, Arzobispo de Managua, y Mons. Jorge Solórzano Pérez, Obispo de Matagalpa, a quienes agradecemos su disponibilidad y les ofrecemos nuestra oración y colaboración. 

Que María, Reina de la Paz, nos alcance de su Hijo la gracia de ser fieles discípulos y valientes misioneros para que Él sea “encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos” (DA 14) y así nuestros pueblos en Él tengan vida. 

      Ayagualo, El Salvador, 27 de noviembre de 2008

Descarga este Documento en Archivo Adjunto en formato PDF

Archivo Adjunto: 
application/pdf iconLA ALEGRÍA DE SER DISCÍPULOS MISIONEROS DE JESUCRISTO.pdf [20]

Para una Iglesia Misionera

 

LA MISIÓN CONTINENTAL
para una
IGLESIA MISIONERA

 

PRESENTACIÓN

El fuego purificador y renovador del Espíritu Santo que nos conmovió en Aparecida como Iglesia de Latinoamérica y del Caribe quiere extenderse a nuestras Iglesias particulares en la forma de una Misión Continental.

El sujeto principal portador de la Misión es, por supuesto, cada diócesis donde las orientaciones de Aparecida quieren impregnar la Iglesia que en ella conformamos. La misión desea ser Continental en la medida en que algunos tiempos y signos compartidos, expresen y enriquezcan la comunión de todas las Iglesias que peregrinamos juntas en Latinoamérica y El Caribe y que mutuamente nos animamos en el esfuerzo renovador para una Iglesia misionera.

Presentamos ahora un documento que ha surgido de muchos aportes sucesivos y que finalmente aprobaron los Presidentes de las Conferencias Episcopales como orientación y sincronización mínima para este gran impulso misionero del Espíritu. El documento reúne el espíritu, los objetivos y un plan mínimo para el efecto visible de la comunión.

Orar es abrirse al Espíritu para que Él renueve en cada discípulo del Señor el ánimo permanente de misión. María, Madre y Modelo de todo discípulo de Jesús, nos implore esta conmoción en el Espíritu, un nuevo Pentecostés. Oremos con Ella.

 

Mons. Víctor Sánchez Espinosa
Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de México
Secretario General del CELAM

25 de marzo de 2008, La Anunciación del Señor

Descarga este documento en Archivo Adjunto, formato PDF 

Archivo Adjunto: 
application/pdf iconPara Una Iglesia Misionera.pdf [21]

I.Una Iglesia Misionera en el Continente

1. EL ESPÍRITU NOS IMPULSA A LA MISIÓN

El documento conclusivo de la V Conferencia de Aparecida, recordando el mandato del Señor de “ir y hacer discípulos entre todos los pueblos” desea despertar un gran impulso misionero en la Iglesia en América Latina y El Caribe. Esta es, sin duda alguna, una de las principales conclusiones de ese gran encuentro eclesial. Este impulso misionero se puede desglosar en cuatro consecuencias prácticas:

  • aprovechar intensamente esta hora de gracia;
  • implorar y vivir un nuevo Pentecostés en todas las comunidades cristianas;
  • despertar la vocación y la acción misionera de los bautizados, y alentar todas las vocaciones y ministerios que el Espíritu da a los discípulos de Jesucristo en la comunión viva de la Iglesia.
  • salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de “sentido”, de verdad y amor, de alegría y de esperanza

El Espíritu Santo nos precede en este camino misionero. Por eso confiamos que este testimonio de Buena Nueva constituya, a la vez, un impulso de renovación eclesial y de transformación de la sociedad.

 

2. NATURALEZA Y FINALIDAD DE LA MISIÓN

La misión es parte constitutiva de la identidad de la Iglesia llamada por el Señor a evangelizar a todos los pueblos. “Su razón de ser es actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios”. Por eso, la misión que se realice como fruto del encuentro de Aparecida debe, ante todo, animar la vocación misionera de los cristianos, fortaleciendo las raíces de su fe y despertando su responsabilidad para que todas las comunidades cristianas se pongan en estado de misión permanente.

Se trata de despertar en los cristianos la alegría y la fecundidad de ser discípulos de Jesucristo, celebrando con verdadero gozo el “estar-con-Él” y el “amar-como-Él” para ser enviados a la misión.

No podemos desaprovechar esta hora de gracia.¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de “sentido”, de verdad y amor, de alegría y de esperanza!

Así, la misión nos lleva a vivir el encuentro con Jesús como un dinamismo de conversión personal, pastoral y eclesial capaz de impulsar hacia la santidad y el apostolado a los bautizados, y de atraer a quienes han abandonado la Iglesia, a quienes están alejados del influjo del evangelio y a quienes aún no han experimentado el don de la fe.

Esta experiencia misionera abre un nuevo horizonte para la Iglesia de todo el continente que quiere “recomenzar desde Cristo” recorriendo junto a Él un camino de maduración que nos capacite para ir al encuentro de toda persona, hablando el lenguaje cercano del testimonio, de la fraternidad, de la solidaridad.

 

3. LA IGLESIA EN MISIÓN PERMANENTE

La Iglesia en América Latina y El Caribe quiere ponerse en "estado permanente de misión". Se trata de fortalecer la dimensión misionera de la Iglesia en el Continente y desde el Continente. Esto conlleva la decisión de recorrer juntos un itinerario de conversión que nos lleve a ser discípulos misioneros de Jesucristo. En efecto, discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo él nos salva (cf. Hch 4, 12).

El "estado permanente de misión" implica ardor interior y confianza plena en el Señor, como también continuidad, firmeza y constancia para llevar nuestras naves mar adentro, con el soplo potente del Espíritu Santo, sin miedo a las tormentas, seguros de que la Providencia de Dios nos deparará grandes sorpresas.

El mismo Espíritu despertará en nosotros la creatividad para encontrar formas diversas para acercarnos, incluso, a los ambientes más difíciles, desarrollando en el misionero la capacidad de convertirse en “pescador de hombres”.

En fin, "estado permanente de misión" implica una gran disponibilidad a repensar y reformar muchas estructuras pastorales, teniendo como principio constitutivo la “espiritualidad de la comunión” y de la audacia misionera. Lo principal es la conversión de las personas. No cabe duda. Pero ello debe llevar naturalmente a forjar estructuras abiertas y flexibles capaces de animar una misión permanente en cada Iglesia Particular.

II. La Misión Continental

 

4. UNA ACCIÓN MISIONERA CONTINENTAL PARA UNA IGLESIA EN MISIÓN PERMANENTE

“Ala pregunta, ¿para qué la misión?, respondemos con la fe y la esperanza de la Iglesia: nuestra misión es compartir la Vida que nos transmite Cristo.

El Amor es el que da la vida; por eso la Iglesia es enviada a difundir en el mundo la caridad de Cristo, para que los hombres y los pueblos “tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10).

De esta manera la Iglesia es misionera sólo en cuanto discípula, es decir, capaz de dejarse atraer siempre, con renovado asombro, por Dios que nos amó y nos ama primero (cf. 1 Jn 4, 10).

Este dinamismo misionero se da en un momento muy propicio.

Cuando muchos de nuestros pueblos se preparan para celebrar el bicentenario de su independencia, nos encontramos ante el desafío de revitalizar nuestro modo de ser católico y nuestras opciones personales por el Señor, para que la fe cristiana arraigue más profundamente en el corazón de las personas y los pueblos latinoamericanos como acontecimiento fundante y encuentro vivificante con Cristo. Él se manifiesta como novedad de vida y de misión en todas las dimensiones de la existencia personal y social. Esto requiere, desde nuestra identidad católica, una evangelización mucho más misionera, en diálogo con todos los cristianos y al servicio de todos los hombres.

A esto nos ayuda la próxima realización del Congreso Misionero Latinoamericano-COMLA8 / CAM3, lo mismo que el Sínodo sobre la Palabra en la vida y misión de la Iglesia (2008) y la celebración del Año Paulino en 2008-2009.

 

a. La misión es un rasgo constitutivo de la Iglesia

Un objetivo esencial de la Misión Continental es tomar conciencia de que la dimensión misionera es parte constitutiva de la identidad de la Iglesia y del discípulo del Señor. Por eso, a partir del Kerigma, ella pretende vitalizar el encuentro con Cristo vivo y fortalecer el sentido de pertenencia eclesial, para que los bautizados pasen de evangelizados a evangelizadores y, a través de su testimonio y acción evangelizadora, nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños llegan a tener Vida plena en Él.

 

Para lograr ese objetivo

todos los bautizados estamos llamados a "recomenzar desde Cristo", a reconocer y seguir su Presencia con el mismo realismo y novedad, el mismo poder de afecto, persuasión y esperanza, que tuvo su encuentro con los primeros discípulos a las orillas del Jordán, hace 2000 años, y con los "Juan Diego" del Nuevo Mundo. Sólo gracias a ese encuentro y seguimiento, que se convierte en familiaridad y comunión, por desborde de gratitud y alegría, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y salimos a comunicar a todos la vida verdadera, la felicidad y esperanza que nos ha sido dado experimentar ygozar.

 

b. Medios para la Misión

a. Beber de la Palabra, lugar de encuentro con Jesucristo

Si el objetivo central de la Misión es llevar a las personas a un verdadero encuentro con Jesucristo, el primer espacio de encuentro con Él será el conocimiento profundo y vivencial de la Palabra de Dios, de Jesucristo vivo, en la Iglesia, que es nuestra casa.

La proclamación alegre de Jesucristo muerto y resucitado, a quien buscamos, y al "que Dios ha constituido Señor y Mesías" (Hch 2, 36), ya es encuentro con la Palabra Viva, con Jesús mismo, la Palabra que salva.

Para entrar y permanecer en este lugar de encuentro con Cristo que es la Palabra, instrumento privilegiado de la misión, hay que destacar cinco metas particulares:

  • el fomento de la "pastoral bíblica", entendida como animación bíblica de la pastoral, que sea escuela de interpretación o conocimiento de la Palabra, de comunión con Jesús u oración con la Palabra, y de evangelización inculturada o de proclamación de laPalabra;
  • la formación en la Lectio divina, o ejercicio de lectura orante de la Sagrada Escritura, y su amplia divulgación y promoción;
  • la predicación de la Palabra, de manera que realmente conduzca al discípulo al encuentro vivo, lleno de asombro, con Cristo, y a su seguimiento en el hoy de la vida y de la historia;
  • el fortalecimiento, a la luz de la Palabra de Dios, del tesoro de la piedad popular de nuestros pueblos, para que resplandezca cada vez más en ella “la perla preciosa” que es Jesucristo, y sea siempre nuevamente evangelizada en la fe de la Iglesia y por su vida sacramental.
  • La presentación de la vida de los santos, en especial de la Virgen María, como páginas encarnadas del evangelio que tocan el corazón y motivan el camino del discípulo hacia Jesús y del misionero hacia la gente.

Por esto, hay que educar al pueblo en la lectura y la meditación de la Palabra: que ella se convierta en su alimento para que, por propia experiencia, vea que las palabras de Jesús son espíritu y vida (cf. Jn 6, 63). De lo contrario, ¿cómo van a anunciar un mensaje cuyo contenido y espíritu no conocen a fondo? Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la roca de la Palabra de Dios.

b. Alimentarse de la Eucaristía

Un segundo medio para la misión es la Sagrada Liturgia, en especial, los sacramentos de la Iniciación Cristiana, signos que expresan y realizan la vocación de discípulos de Jesús a cuyo seguimiento somos llamados. De forma significativa, la Eucaristía es lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Y es, a la vez, fuente inagotable de la vocación cristiana y del impulso misionero;

allí, el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y despierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado yvivido.

Dentro de este segundo medio misionero, hay que destacar cuatro metas particulares:

  • Conducir, mediante la iniciación cristiana, a la incorporación viva en la comunidad, cuya fuente y cumbre es la celebración eucarística,y dedicar tiempo y atención al seguimiento de quienes son incorporados a la comunidad;
  • Cultivar en la celebración eucarística su dimensión de renovación de la Nueva y Eterna Alianza,lugar de encuentro con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, con los ángeles, los santos y entre los hermanos, de ofrecimiento de la vida del discípulo, cargando con su cruz, a la vez que de envío misionero;
  • fomentar el estilo eucarístico de la vida cristiana, y recrear y promover la "pastoral del domingo", dándole "prioridad en los programas pastorales", para un nuevo impulso a la evangelización del pueblo de Dios;
  • en los lugares donde no sea posible la Eucaristía, fomentar la celebración dominical de la Palabra, que hace presente el Misterio Pascual en el amor que congrega (cf. 1 Jn 3, 14),en la Palabra acogida (cf. Jn 5, 24-25)y en la oración comunitaria (cf. Mt 18, 20).

c. Construir la Iglesia como casa y escuela de comunión

Un tercer espacio de encuentro con Jesucristo es la vida comunitaria. Jesús está presente en medio de una comunidad viva en la fe y en el amor fraterno. Allí Él cumple su promesa: "Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos"(Mt 18, 20).

Formar comunidad implica abrazar el estilo de vida de Jesús, asumir su destino pascual con todas sus exigencias, participar en su misión, estar en actitud de permanente conversión y mantener la alegría del discípulo misionero en el servicio al Reino.

Dentro de este tercer medio para la misión, hay que destacar cinco metas particulares:

  • fomentar la conciencia de comunión a nivel familiarpara que cada hogar se convierta en una iglesia doméstica, en un santuario de la vida, donde se le valora como don de Dios y se forma en ese sentido a las personas, una verdadera escuela en la fe, un espacio en que crecen misioneros de la esperanza y de la paz;
  • formar pequeñas comunidades cristianas,abiertas y disponibles, en sus diversas formas y expresiones. Cultivar en ellas la pastoral de la acogida para que las personas experimenten su pertenencia a la Iglesia de modo personal y familiar;
  • profundizar la dimensión comunitariaa nivel parroquial, para que la parroquia sea en verdad una comunidad de comunidades;
  • animar a las comunidades de Vida Consagradapara que busquen compartir su testimonio de comunión misionera con la gran comunidad eclesial;
  • todo esto orientado a la renovación de las estructuras pastorales, a fin de impulsar una nueva forma de ser Iglesia: más fraterna, expresión de comunión, más participativa y más misionera.

d. Servir a la sociedad, en especial, a los pobres

Un cuarto medio de encuentro con Jesucristo y de acción misionera es el servicio a la sociedad para que nuestros pueblos tengan la vida de Cristo y, de un modo especial, el servicio a los pobres, enfermos y afligidos "que reclaman nuestro compromiso y nos dan testimonio de fe, paciencia en el sufrimiento y constante lucha para seguir viviendo".

Dentro de este cuarto medio para la misión, hay que destacar cuatro metas particulares:

  • la fraternidad con los más pobre y afligidos, hermanos nuestros en quienes nos encontramos y servimos al Señor,y la defensa de los derechos de los excluidos, ya que allí se juega la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo
  • la renovación yfortalecimiento de la pastoral social,a fin de que exprese en signos concretos la opción preferencial por los pobres y excluidos, especialmente con las personas que viven en la calle, con los migrantes, los enfermos, los adictos dependientes, los niños en situaciones de riesgo y los detenidos en las cárceles;
  • la atención pastoral de los constructores de la sociedad,que tienen la misión de forjar estructuras justas, que estén al servicio de la dignidad de las personas y de sus familias; como asimismo de los comunicadores sociales,para que alienten el crecimiento de una cultura que sea manifestación del reinado de Dios;
  • el apoyo decididoa todas aquellas personas e instituciones que "dan testimonio de lucha por la justicia, por la paz y por el bien común, algunas veces llegando a entregar la propia vida".

Los medios de la misión, en su conjunto, deben ser nuestro instrumento para lograr la gran meta: impulsar la realización de la Misión Continental de tal forma que las Iglesias del continente se pongan en estado de misión. Esto significa que la acción misionera intensiva sea tan motivadora, que asuman la misión permanente como plan pastoral.

 

c. Simultaneidad y signos compartidos

Para ser continental se requiere la visibilización latinoamericana y caribeña de ciertos momentos de la acción misionera, es decir, alguna simultaneidad y signos compartidos:

  • el tríptico obsequiado por el Papa Benedicto XVI en Aparecida,acompañado de una sencilla catequesis sobre su simbología de fe;
  • la oraciónpropuesta por el mismo Papa para preparar la V Conferencia y aquella con que termina su Discurso Inaugural;
  • el logo utilizado en Aparecidapuede seguir siendo distintivo para los misioneros y para los subsidios que se preparen para esa labor;
  • a éstos signos pueden asociarse otros actos inspirados y ojalá simultáneos relacionados con solemnidades litúrgicas,como la Encarnación o Pentecostés, o fiestas Marianasespecialmente de las advocaciones de Aparecida (12.10) y Guadalupe (12.12).

 

5. LA PEDAGOGÍA DE LA ACCIÓN MISIÓN CONTINENTAL

5.1. Cinco aspectos de un proceso evangelizador

En el proceso de formación de los discípulos misioneros destacamos cinco aspectos fundamentales, que aparecen de diversa manera en cada etapa del camino, pero que se compenetran íntimamente y se alimentan entre sí: el Encuentro con Jesucristo, la Conversión, el Discipulado, la Comunión y la Misión.

Esto implica:

  • conocer las búsquedas de las personas —y los pueblos— que Dios nos confía, y llevarlas a un encuentro con Jesucristo vivo,
  • que suscita una actitud de conversión,
  • y la decisión de seguir los pasos de Jesús,
  • para que, viviendo en común-unión con Cristo, como convocados por Él, dentro de la comunión de la Iglesia, crezca y sea vivo un fuerte sentido de pertenencia eclesial,
  • y un proceso de formaciónintegral, kerigmática, permanente, procesual, diversificada y co munitaria, que contemple el acompañamiento espiritual,
  • los bautizados asuman su compromiso misioneroy pasen de evangelizados a evangelizadores, a fin de que el Reino de Dios se haga presente y así nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños tengan vida en Él.

Estas dimensiones del camino podemos explicarlas con palabras que encontramos en el mismo evangelio, y que describen el proceso de encuentro, formación y envío, de quienes reciben la vocación de ser discípulos misioneros para que los pueblos tengan vida en Cristo,

  • Todo comienza con una pregunta: ¿Qué buscan?(Jn 1, 38). Comenta el documento de Aparecida 279 a: Quienes serán sus discípulos ya lo buscan. Se ha de descubrir el sentido más hondo de la búsqueda, y se ha de propiciar el encuentro con Cristo que da origen a la iniciación cristiana.(Búsqueda).
  • Los discípulos, que quieren encontrarse con Cristo, le preguntan: "Maestro, ¿dónde vives?" (Jn 1, 38). Jesucristo los invita a vivir una experiencia: Vengan y lo verán(Jn 1, 39), Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida(Jn 14, 6). (Encuentro).
  • Encontrando a Felipe le dijo: Sígueme(Mt 4, 19), y más tarde, junto al lago de Galilea, asombrados por la enseñanza del Maestro y por la pesca milagrosa, también Pedro, Andrés, Santiago y Juan, dejándolo todo, le siguieron. (Conversión y Discipulado).
  • Los llamó para que estuvieran con Él(Mc 3, 14) y "permanecieran en su amor", formando una comunidad de discípulos, que más tarde fue conocida por su solidaridad, y por su unidad en la oración, en la fracción del pan y en la enseñanza de los apóstoles (cf. Hch 3, 42ss). (Comunión).
  • Pero la llamada de Jesús al discipulado es inseparable de la vocación misionera. Ya en el encuentro a orillas del lago les manifiesta su propósito: Los haré pescadores de hombres,y cuando llama a los doce les dice explícitamente que los llama para enviarlos a predicar(Mc 3, 14). Y antes de ascender a los cielos, los envía a hacer discípulos a todos los pueblos, bautizándolos... (Mt 28, 19). (Misión).

Para lograr este proceso, y recuperar a personas que se han alejado "hemos de reforzar en nuestra Iglesia cuatro ejes":

  • “un encuentro personal con Jesucristo, una experiencia religiosa profunda e intensa,un anuncio kerigmático y el testimonio personal de los evangelizadores, que lleve a una conversión personal y a un cambio de vida integral";
  • "la vivencia comunitaria[pues] nuestros fieles buscan comunidades donde sean acogidos fraternalmente … Es necesario que nuestros fieles se sientan realmente miembros de una comunidad eclesial y corresponsable en su desarrollo";
  • "una formación bíblica-doctrinal […] acentuadamente vivencial y comunitaria” que es necesaria para madurar la experiencia religiosa y se percibe como una “herramienta fundamental y necesaria en el conocimiento espiritual, personal y comunitario";
  • "el compromiso misionero de toda la comunidad… que sale al encuentro de los alejados, se interesa por su situación, a fin de reencantarlos con la Iglesia e invitarlos a volver a ella".

Hay que ser concientes que sólo surgirán discípulos misioneros si en el proceso enunciado, nuestras comunidades se comprometen con la evangelización de los bautizados que no tienen conciencia de ser discípulos, acompañándolos para que puedan vivir una maduración paulatina hacia la voluntad de servicio y, así, respondan al envío que el Señor les da por medio de la Iglesia.

En esta vivencia, la renovación de la conversión personal y pastoral de los pastores y de todos los consagrados es un elemento indispensable para que el testimonio coherente de vida sea el cimiento pedagógico fundamental.

5.2. Caminos hacia el encuentro con Cristo

Una auténtica propuesta de encuentro con Jesucristo debe tener en cuenta los siguientes elementos:

  • Una experiencia de la presencia de Jesucristoen la vida personal y comunitaria del creyente: en la lectura meditada y eclesial de la Sagrada Escritura; en la celebración eucarística, fuente inagotable de la vocación cristiana y fuente inextinguible del compromiso misionero; en el dinamismo de una vida comunitaria, participativa y fraterna; y en el servicio a los pobres y excluidos;
  • Una revalorización de la piedad popular,la cual es una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia y una forma de ser misioneros, donde se recogen las más hondas vibraciones de la América profunda.
  • Un fortalecimiento de la presencia cercana de María,"imagen acabada y fidelísima del seguimiento de Cristo", a la vez que madre y educadora de discípulos misioneros de Jesucristo;
  • Un rescate de los testigos del Evangelioen América, varones y mujeres que vivieron heroicamente su fe en un camino de santidad, junto a aquellos que derramaron su sangre en el martirio".

 

5.3. Pedagogía del encuentro y de la comunión

a)Pedagogía del encuentro: La misión debe realizarse dentro del dinamismo de la pedagogía del encuentro que puede darse de persona a persona, de casa en casa, de comunidad a comunidad. Siendo que todo pastor —lo que vale también para cada misionero— ha de reflejar al Buen Pastor, es evidente que nuestra pastoral tiene que estar entretejida de encuentros, en la sencillez, la cordialidad, la solicitud, la escucha y el servicio a los demás.

En este esfuerzo evangelizador, la comunidad eclesial se destaca por las iniciativas pastorales, al enviar, sobre todo entre las casas de las periferias urbanas y del interior, sus misioneros, laicos o religiosos, buscando dialogar con todos en espíritu de comprensión y de delicada caridad.

b) Pedagogía de Comunión. Es importante realizar la misión en el continente como gran expresión de comunión. Que se manifieste la comunión con Dios en la oración unánime, implorando con María, la madre de Jesús, el Espíritu Santo, y la unidad con el Papa, entre las Conferencias Episcopales y entre las Iglesias particulares, ayudándose recíprocamente en su realización, especialmente en personal y recursos;

Toda Iglesia particular debe abrirse generosamente a las necesidades de las demás. La colaboración entre las Iglesias, por medio de una reciprocidad real que las prepare a dar y a recibir, es también fuente de enriquecimiento para todas y abarca varios sectores de la vida eclesial. A este respecto, es ejemplar la declaración de los Obispos en Puebla: “Finalmente, ha llegado para América Latina la hora ... de proyectarse más allá de sus propias fronteras, ad gentes. Es verdad que nosotros mismos necesitamos misioneros. Pero debemos dar desde nuestra pobreza… La misión de la Iglesia es más vasta que la“comunión entre las Iglesias”: ésta, además de la ayuda para la nueva evangelización, debe tener sobre todo una orientación con miras a la especificaíndole misionera".

 

5.4. La misión, tarea de todos y para todos

a. Agentes pastorales y evangelizadores

La realización de la misión "requerirá la decidida colaboración de las Conferencias Episcopales y de cada diócesis en particular".

El Obispo es el primer responsable de la misión en cada Iglesia particular y es quien debe convocar a todas las fuerzas vivas de la comunidad para este gran empeño misionero: "sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que se prodigan, muchas veces con inmensas dificultades, para la difusión de la verdad evangélica".

Esta firme decisión misionera debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de lafe.

Para los Ministros Ordenados es un gran momento de gracia que les pide renovar la comunión de los Presbíteros y Diáconos con el Obispo y de ellos entre sí. Así como el entusiasmo y la entrega al servicio del evangelio. Ellos son los portadores primeros de todo este impulso misionero y habría que sensibilizarlos especialmente en el espíritu y conversión pastoral de Aparecida.

La renovación de la parroquia exige actitudes nuevas en los párrocos y en los sacerdotes que están al servicio de ella. La primera exigencia es que el párroco sea un auténtico discípulo de Jesucristo, porque sólo un sacerdote enamorado del Señor puede renovar una parroquia. Pero, al mismo tiempo, debe ser un ardoroso misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta con la simple administración(DA 201).

b. El papel privilegiado de los laicos

Cualquier esfuerzo misionero exige, de manera particular, la participación activa y comprometida de los fieles laicos en todas las etapas del proceso.

Hoy, toda la Iglesia en América Latina y El Caribe quiere ponerse en estado de misión. La evangelización del Continente, nos decía el papa Juan Pablo II, no puede realizarse hoy sin la colaboración de los fieles laicos. Ellos han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales a favor de la comunidad. Esto exige, de parte de los pastores, una mayor apertura de mentalidad para que entiendan y acojan el “ser” y el “hacer” del laico en la Iglesia, quien, por su bautismo y su confirmación, es discípulo y misionero de Jesucristo. En otras palabras, es necesario que el laico sea tenido muy en cuenta con un espíritu de comunión y participación.

La Misión Continental debe tener especial penetración en los sectores culturales, políticos y de dirigentes sociales y económicos que identifican a nuestra sociedad globalizada. Para que esto sea posible, debemos reafirmar vigorosamente la misión peculiar y específica del laico en el mundo secular, evitando la tentación de motivar a los laicos más comprometidos con su fe, tan sólo a involucrarse en los servicios que necesita la comunidad eclesial para formarse, sostenerse y crecer.

c. La misión inestimable de la Vida Consagrada

Para los miembros de los Institutos de Vida Consagrada, varones y mujeres que están llamados a dar un testimonio convincente de la alegría de ser pertenencia de Dios como discípulos y misioneros de Cristo, y de prodigarse generosamente al servicio de sus hijos, especialmente de los más marginados, y de manifestar en la Iglesia la multiplicidad de los dones carismáticos del Espíritu Santo, su participación en la Misión Continental, como grandes colaboradores de los Pastores, contribuirá fuertemente al despertar misionero de América Latina y del Caribe.

d. Interlocutores y destinatarios

Los destinatarios (o “interlocutores”) de la misión somos todos, comenzando por los discípulos misioneros que animan el proceso evangelizador, pero especialmente debe dirigirse a los pobres, a los que sufren y a los alejados, e impulsar a los constructores de la sociedad a su misión cristiana de transformarla.

Llegar hasta los más alejados debe ser siempre uno de los objetivos de la dimensión misionera de la Iglesia, utilizando los medios adecuados a cada situación.

No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos convoca en Iglesia, y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros en la construcción de su Reino en América Latina. Somos testigos y misioneros: en las grandes ciudades y campos, en las montañas y selvas de nuestra América, en todos los ambientes de la convivencia social, en los más diversos “areópagos” de la vida pública de las naciones, en las situaciones extremas de la existencia, asumiendo ad gentes nuestra solicitud
por la misión universal de la Iglesia.

 

6. RECURSOS PARA LA MISIÓN

a. Convocación comunitaria

La parroquia sigue siendo una referencia fundamental en el proceso evangelizador, con sus comunidades eclesiales de base, movimientos y grupos apostólicos. La misión está llamada a ser un dinamismo permanente de gran importancia para que la parroquia se haga parroquia misionera.

La misión exige una convocatoria a los discípulos misioneros y a las comunidades eclesiales. En la misión se debe aprovechar el potencial educativo de la Iglesia, a través de sus escuelas e institutos de formación, valorando el dinamismo misionero de los miembros de la comunidad educativa.

Un fenómeno importante de nuestro tiempo es la aparición y difusión de diversas formas de voluntariado misionero,  conformado en buena parte por jóvenes, quienes están dispuestos a dar tiempo y talento para la misión. Mención especial merecen los grupos y asociaciones de niños misioneros, pues esto crea una dinámica especial en las familias. Por otra parte, se considera importante la labor de los emigrantes como discípulos misioneros, quienes están llamados a ser una nueva semilla de evangelización, a ejemplo de tantos emigrantes y misioneros que trajeron la fe cristiana a nuestra América.

b. Formación de misioneros

Aparecida asumió una clara y decidida opción por la formación de los miembros de nuestras comunidades, en bien de todos los bautizados, cualquiera sea la función que desarrollen en la Iglesia.

La formación debe estar impregnada de espiritualidad misionera, que es impulso del Espíritu que

motiva todas las áreas de la existencia, penetra y configura la vocación específica de cada uno. Así, se forma y desarrolla la espiritualidad propia de presbíteros, de religiosos y religiosas, de padres de familia, de empresarios, de catequistas, etc. Cada una de las vocaciones tiene un modo concreto y distintivo de vivir la espiritualidad, que da profundidad y entusiasmo al ejercicio concreto de sus tareas. Así, la vida en el Espíritu no nos cierra en una intimidad cómoda, sino que nos convierte en personas generosas y creativas, felices en el anuncio y el servicio misionero. Nos vuelve comprometidos con los reclamos de la realidad y capaces de encontrarle un profundo significado a todo lo que nos toca hacer por la Iglesia y por el mundo.

El Espíritu entreteje vínculos de comunión entre las diversas vocaciones para que realicen la única misión como miembros complementarios de un solo Cuerpo.

c. Signos y gestos de cercanía y dignificación de los más pobres

Por eso, no puede separarse de la solidaridad con los necesitados y de su promoción humana integral: "Pero si las personas encontradas están en una situación de pobreza —nos dice aún el Papa—, es necesario ayudarlas, como hacían las primeras comunidades cristianas, practicando la solidaridad, para que se sientan amadas de verdad. El pueblo pobre de las periferias urbanas o del campo necesita sentir la proximidad de la Iglesia, sea en el socorro de sus necesidades más urgentes, como también en la defensa de sus derechos y en la promoción común de una sociedad fundamentada en la justicia y en la paz. Los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio y un Obispo, modelado según la imagen del Buen Pastor, debe estar particularmente atento en ofrecer el divino bálsamo de la fe, sin descuidar el 'pan material'".

La evangelización, como acción privilegiada hacia los pobres, debemos vivirla teniendo presente que los más humildes nos evangelizan.

 

7. CRITERIOS PARA LA MISIÓN

a. Conversión personal y pastoral

La misión exige una indispensable conversión pastoral, tanto de las personas como de las mismas estructuras de la Iglesia. Se deben reconocer las estructuras caducas y buscar las nuevas formas que exigen los cambios.

La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que "el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial" con nuevo ardor misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera.

b. Atención a los signos culturales: inculturación y presencia en nuevos aerópagos

Hay que tener en cuenta la compleja y variada realidad de nuestro continente, como es el caso de las megápolis, los ambientes suburbanos y de las grandes periferias, como asimismo de los ambientes campesinos, mineros y marítimos, sin olvidar los hospitales, los centros de rehabilitación y las cárceles, lo mismo que las peculiaridades de las Iglesias en las diversas regiones. La misión, siendo única, deberá ser al mismo tiempo diversa. Por eso, es necesario estar atentos a los signos culturales de la época, de tal manera que las nuevas expresiones y valores se enriquezcan con las buenas noticias del Evangelio de Jesucristo, logrando, "unir más la fe con la vida y contribuyendo así a una catolicidad más plena, no solo geográfica, sino también cultural".

c. En el contexto de la acción pastoral normal

La realización de una misión continental debe darle dinamismo a los planes pastorales vigentes, renovando las estructuras que sean necesarias.

Esta firme decisión misionera debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos, y de cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe.

No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza "es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad".

A todos nos toca recomenzar desde Cristo, reconociendo queno se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva".

d. Con nuevos lenguajes: comunicación

En la misión es necesario tener muy en cuenta la cultura actual, la cual debe ser conocida, evaluada y en cierto sentido asumida por la Iglesia, con un lenguaje comprendido por nuestros contemporáneos. Solamente así la fe cristiana podrá aparecer como realidad pertinente y significativa de salvación. Pero, esta misma fe deberá engendrar modelos culturales alternativos para la sociedad actual.

Esto ayudará a comunicar los valores evangélicos de manera positiva y propositiva. Son muchos los que se dicen descontentos, no tanto con el contenido de la doctrina de la Iglesia, sino con la forma comoésta es presentada y vivida.

En la misión hay que optimizar el uso de los medios de comunicación católicos, haciéndolos más actuantes y eficaces, sea para la comunicación de la fe, sea para el diálogo entre la Iglesia y la sociedad .

Será muy importante hacer presente el anuncio misionero en los medios de comunicación en general, así como en los espacios virtuales, cada vez más frecuentados por las nuevas generaciones. Así como en radio y televisión ya existen experiencias de programas educativos en la fe, también un portal interactivo puede ser una opción útil en el desarrollo de la misión.

 

8. LUGARES DE COMUNIÓN

Las Conferencias Episcopales como espacios de comunión entre las Iglesias locales necesitan reavivar su identidad y misión, para apoyar especialmente a las Iglesias con menores recursos, motivando la generosidad y apertura.

Cada Diócesis necesita robustecer su conciencia misionera, saliendo al encuentro de quienes aún no creen en Cristo en el ámbito de su propio territorio y responder adecuadamente a los grandes problemas de la sociedad en la cual está inserta. Pero también, con espíritu materno, está llamada a salir en búsqueda de todos los bautizados que no participan en la vida de las comunidades cristianas.

En la diócesis, el eje central deberá ser un proyecto orgánico de formación, aprobado por el Obispo y elaborado con los organismos diocesanos competentes, teniendo en cuenta todas las fuerzas vivas de la Iglesia particular… Se requieren, también, equipos de formación convenientemente preparados que aseguren la eficacia del proceso mismo y que acompañen a las personas con pedagogías dinámicas, activas y abiertas.

La parroquia ha de ser el lugar donde se asegure la iniciación cristiana y tendrá como tareas irrenunciables: iniciar en la vida cristiana a los adultos bautizados y no suficientemente evangelizados; educar en la fe a los niños bautizados en un proceso que los lleve a completar su iniciación cristiana; iniciar a los no bautizados que, habiendo escuchado el kerygma, quieren abrazar la fe. En esta tarea, el estudio y la asimilación del Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos es una referencia necesaria y un apoyo seguro.

Los mejores esfuerzos de las parroquias, en este inicio del tercer milenio, deben estar en la convocatoria y en la formación de laicos misioneros.

La renovación de las parroquias, al inicio del tercer milenio, exige reformular sus estructuras, para que sea una red de comunidades y grupos, capaces de articularse logrando que sus miembros se sientan y sean realmente discípulos y misioneros de Jesucristo en comunión.

La renovación misionera de las parroquias se impone tanto en la evangelización de las grandes ciudades como del mundo rural de nuestro continente, que nos está exigiendo imaginación y creatividad para llegar a las multitudes que anhelan el Evangelio de Jesucristo. Particularmente, en el mundo urbano, se plantea la creación de nuevas estructuras pastorales, puesto que muchas de ellas nacieron en otras épocas para responder a las necesidades del ámbito rural.

Señalamos que es preciso reanimar los procesos de formación de pequeñas comunidades en el Continente, pues en ellas tenemos una fuente segura de vocaciones al sacerdocio, a la vida religiosa, y a la vida laical con especial dedicación al apostolado. A través de las pequeñas comunidades, también se podría llegar a los alejados, a los indiferentes y a los que alimentan descontento o resentimientos frente a la Iglesia.

En la vida y la acción evangelizadora de la Iglesia, constatamos que, en el mundo moderno, debemos responder a nuevas situaciones y necesidades. La parroquia no llega a muchos ambientes en las megápolis. En este contexto, los movimientos y nuevas comunidades son un don de Dios para nuestro tiempo, acogen a muchas personas alejadas para que puedan tener una experiencia de encuentro vital con Jesucristo y, así, recuperen su identidad bautismal y su activa participación en la vida de la Iglesia. En ellos, "podemos ver la multiforme presencia y acción santificadora del Espíritu".

La opción por la Misión Continental y su finalidad de impulsar la misión permanente, otorga a los organismos e institutos misioneros una responsabilidad particularmente importante para dinamizar su labor habitual y ofrecer apoyo subsidiario a los diferentes niveles eclesiales.

 

Invocación final

Ponemos este proyecto en manos de Nuestra Señora, bajo sus advocaciones de Aparecida y de Guadalupe, conscientes de que quien le abrió el camino al Evangelio en nuestro Continente será quien inspire, ayude y proteja nuestro proyecto misionero. Ella no es sólo la primera discípula y misionera del Evangelio sino aquella que, con un corazón inmensamente materno, goza más que nadie cuando su Hijo es conocido y amado, y le va traspasando a sus nuevos hijos con el "he aquí a tu hijo" característico de su Hora pascual.

III. Servicios Complementarios para la Misión Continental

1. OBJETIVOS

1.1. Objetivo general

Abrirse al impulso del Espíritu Santo para promover la conciencia y la acción misionera permanente de los discípulos mediante la Misión Continental.

1.2. Objetivos específicos

1.2.1. Fomentar una formación kerigmática, integral y permanente de los discípulos misioneros que, siguiendo las orientaciones de Aparecida, impulse una espiritualidad de la acción misionera, teniendo como eje la vida plena en Jesucristo.

1.2.2. Promover una profunda conversión personal y pastoral de todos los agentes pastorales y evangelizadores, para que, con actitud de discípulos, todos podamos           recomenzar desde Cristo una vida nueva en el Espíritu inserta en la comunidad  eclesial.

1.2.3.  Lograr que las comunidades, organizaciones, asociaciones y movimientos eclesiales se pongan en estado de misión permanente, a fin de llegar hasta los sectores más alejados de la Iglesia, a los indiferentes y no creyentes.

1.2.4.  Comunicar que la vida plena en Cristo es un don y un servicio que se ofrece a la sociedad y a las personas que la componen para que puedan crecer y superar sus  dolores y conflictos con un profundo sentido de humanidad.

2. ITINERARIO DE LA MISIÓN

La misión se realizará en cuatro etapas, siguiendo los criterios de simultaneidad (pueden sobreponerse), la flexibilidad (según circunstancias locales) e irradiación (se sustentan unas a otras).

Habrá un tiempo introductorio de sensibilización y conversión pastoral de la Iglesia, de profundización de Aparecida a fin de que su contenido sea estudiado, reflexionado y asimilado en todas las instancias eclesiales.

Etapa 1:    Sensibilización de los agentes pastorales y evangelizadores

Etapa 2:   Profundización con Grupos prioritarios

Etapa 3:    Misión sectorial

Etapa 4:    Misión territorial

Los misioneros formados en las etapas 1 y 2 son los agentes evangelizadores para la Misión sectorial (Etapa 3) y territorial (Etapa 4).

3. DESTINATARIOS DE LA MISIÓN

Todos los cristianos son a la vez destinatarios y sujetos de la misión. Es necesario tener en cuenta que el discípulo se forma para la misión y, a la vez, la misión forma al discípulo. Por eso, al realizar la acción misionera, al mismo tiempo que los discípulos se renuevan en la vida de Jesucristo, se preparan también para llevar la Buena Noticia a todos los pueblos.

Etapa 1:Misión con agentes pastorales y evangelizadores.

A fin de que sean los pastores, los animadores y responsables de las comunidades los primeros en asumir este desafío del discipulado misionero.

Se trata de Obispos - Presbíteros - Diáconos permanentes - Vida religiosa y consagrada, incluyendo Vida monástica y contemplativa - Laicos más comprometidos de las distintas áreas pastorales - Dirigentes de movimientos y comunidades - Seminarios y Casas de formación - Consejos pastorales - Dirigentes de grupos, organizaciones, instituciones, colegios, universidades católicos.

Etapa 2:Misión con grupos prioritarios

Exige una conversión personal y pastoral de los miembros de grupos, movimientos y asociaciones para que pasen luego a evangelizar a los diversos
sectores de la comunidad.

Dirigido a grupos pastorales prioritarios: a manera de ejemplo nombramos algunos:

Misión en espacios virtuales - Colegios y Universidades Católicas - Educadores, Catequistas - Diversas áreas pastorales - Organizaciones de profesionales católicos - Grupos de Pastoral indígena y afrodescendiente - Cofradías, Hermandades, Movimientos y Comunidades.

Etapa 3:Misión sectorial

Dirigido a los diversos sectores de la sociedad. Nombramos algunos a manera de ejemplo: Académicos - Educadores y mundo de la educación - Jóvenes - Empresarios y trabajadores - Comunicadores y todo el ámbito virtual - Políticos Mundo castrense y policial - Mundo de la salud - Mundo carcelario - Organizaciones de voluntariado.

Etapa 4: Misión territorial

Dirigido a la pastoral territorial: Parroquias - Familias - Comunidades eclesiales de base - Pequeñas comunidades - Organizaciones comunitarias civiles: juntas de vecinos, clubes deportivos, ONGs.

En esta etapa es necesario tener en cuenta a los alejados, indiferentes y no creyentes.

4. SIGNOS Y GESTOS COMUNES:expresión de comunión y simultaneidad de la Iglesia en la Misión Continental.

4.1.  Lanzamiento oficial de la Misión en el CAM3 (agosto 17 de 2008).

4.2.  Entrega de la Biblia y del Tríptico con breve catequesis sobre su significado, especialmente a modo de un “altar familiar” para cada hogar.

4.3.  Oración para la Misión continental.

4.4.  Logotipo (de Aparecida).

4.5.  Elenco de canciones misioneras y eventualmente un Himno basado en la oración oficial, que se puede hacer a través de concursos nacionales.

4.6.  Algunas celebraciones de grandes fiestas litúrgicas con sentido misionero:

• Epifanía

• Pascua

• Pentecostés

• Fiesta mariana de cada país.

4.7.  Producción e intercambio de subsidios formativos misioneros.

4.8.  Material divulgativo: Poster sobre la misión; Spots televisivos y radiales; Página Web  sobre la misión; Videos sobre la Misión (hechos con los tiempos de TV).

4.9. Un gesto significativo en materia social en cada país.

5. ROLES EN LA MISIÓN CONTINENTAL

5.1 Rol de las Conferencias Episcopales

  • Dar orientaciones pastorales en clave de misión continental (sintonía y sincronía) para que todas las circunscripciones eclesiásticas se pongan en estado de misión permanente.
  • Crear una comisión central para animar la misión a nivel nacional.
  • Elaborar los subsidios que crea pertinentes para la formación de los agentes pastorales y
    evangelizadores para la realización del proyecto misionero.
  • Revisar o elaborar las Líneas o Directrices Pastorales Generales a la luz de Aparecida en orden a la formación y acción de discípulos misioneros.
  • Preparar equipos a nivel nacional para dirigir retiros espirituales con base en Aparecida.
  • Crear centros misioneros a nivel nacional.

5.2. Rol de las Diócesis

“La Diócesis, en todas sus comunidades y estructuras, está llamada a ser una comunidad misionera” (DA 168) y, por tanto, el sujeto de la misión.

  • Revisar el plan pastoral a la luz de Aparecida a fin de darle una gran renovación misionera que contemple, como signo de madurez, la misión ad gentes. La misión continental debe abrir a las personas para ir más allá de toda frontera.
  • Crear una comisión central que se encargue de animar la misión diocesana.
  • Elaborar los subsidios que crea pertinentes para la formación de los agentes pastorales y evangelizadores para la realización del proyecto misionero.
  • Ofrecer una propuesta de cursos de preparación y de Ejercicios espirituales para los agentes pastorales y evangelizadores en cada una de las etapas.
  • Realizar un trabajo conjunto con las diócesis vecinas, a nivel de provincias eclesiásticas, con un gran sentido de comunión eclesial.

5.3. Rol del CELAM para la Misión

  • Apoyar la preparación y seguimiento de la misión continental.
  • Ofrecer una propuesta de cursos de preparación y de ejercicios espirituales para agentes pastorales y evangelizadores en cada una de las etapas, en coordinación con el ITEPAL y el CEBIPAL.
  • Disponer de un equipo que pueda ser invitado por las Conferencias Episcopales para la difusión de los contenidos de Aparecida.
  • Difundir subsidios existentes y elaborar otros dirigidos a cada uno de los sectores de agentes pastorales y evangelizadores.
  • Ofrecer información sobre las experiencias misioneras que se hayan llevado a cabo o se estén realizando en el Continente, contando con el apoyo del Observatorio Pastoral.
  • Elaborar los materiales catequísticos y litúrgicos para la misión que sean comunes a la Iglesia de América Latina y El Caribe.
Comisión Episcopal de Misiones
Obras Misionales Pontificias & Comisión Nacional de Misiones
Calle L-4 Casa # 42, Col. Jardines de Cuscatlán, Antiguo Cuscatlán, La Libertad, El Salvador, C.A.
Apto. Postal: 1310 - Tel.: (503) 2278-3936
† Contáctanos †

URL de origen (Obtenido en 19/05/2012 - 12:31): http://www.elsalvadormisionero.org/mision-continental

Enlaces:
[1] http://www.elsalvadormisionero.org/sites/default/files/omp/documentos/Mision continental-exhortacion pastoral.pdf
[2] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn1
[3] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn2
[4] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn3
[5] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn4
[6] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn5
[7] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn6
[8] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn7
[9] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn8
[10] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn9
[11] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn10
[12] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn11
[13] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn12
[14] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn13
[15] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn14
[16] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn15
[17] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn16
[18] file:///C:/Users/CONAMI/Documents/mision%20continental/Documento_Aparecida.doc#_ftn17
[19] http://www.elsalvadormisionero.org/sites/default/files/omp/documentos/Documento Conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.pdf
[20] http://www.elsalvadormisionero.org/sites/default/files/omp/documentos/LA ALEGRÍA DE SER DISCÍPULOS MISIONEROS DE JESUCRISTO.pdf
[21] http://www.elsalvadormisionero.org/sites/default/files/omp/documentos/Para Una Iglesia Misionera.pdf